Allí, bajo el Monte Sinaí, se agolpó una enorme masa de profesionales. Era un grupo heterogéneo: directivos de comunicación, presidentes, directores generales, consejeros delegados, jefes de seguridad y medio ambiente, directores de recursos humanos, ministros, alcaldes, rectores,… Todos hablaban entre sí, cuando se hizo el silencio. Los presentes alzaron la vista cuando divisaron una figura bajo el cielo nublado.

Era el profeta. Su misión era clara e inequívoca. Mostrar el camino para llegar a ser un buen portavoz. En un pergamino había escrito un decálogo con las diez máximas indiscutibles y de riguroso cumplimiento. El profeta también señaló la importancia de difundir el contenido de aquel pergamino por todos los rincones del mundo.

“No es la panacea que esperábamos”, gritaron algunos de los allí presentes. El profeta, sorprendido, bajó del monte y con suma brevedad espetó: “Estas máximas sin trabajo, de la misma forma que el trabajo sin estas máximas, os conducirán a la nada. Trabajad”.

Y así, nacieron los Diez Mandamientos del Portavoz.

I. Recordarás que hablar no es lo mismo que comunicar.
II. No actuarás a título personal.
III. Primero escucharás, luego comunicarás.
IV. No improvisarás.
V. Dirás la verdad por encima de todas las cosas.
VI. Recordarás qué comunicas, dónde, cómo y a quién
VII. Estarás seguro y convencido de lo que comunicas.
VIII. No vacilarás ni divagarás.
IX. No pronunciarás palabras off the record.
X. Humanizarás los mensajes.

Alejandro Teodoro