Esta semana en Vitamine! nos planteamos hasta qué punto los nuevos canales de comunicación están afectando a la normativa del lenguaje y si puede considerarse una evolución reformista o el comienzo de su total destrucción. No nos hemos puesto de acuerdo. Mientras unos abogamos por que toda evolución de la sociedad conlleva una evolución del lenguaje, otros defienden la pureza de la lengua como un ente intocable al margen de ella. Ambos tenemos razón. Por un lado, se podría pensar que el lenguaje de Internet castiga: los anglicismos, la jerga informática, el ciberlenguaje, los chats… La inmediatez, la rapidez y la espontaneidad se han convertido así en conceptos nocivos para el correcto uso de la lengua.Por el otro, consideramos obligatorio conocer y aprender a utilizar todos los códigos surgidos de la evolución de los soportes y canales comunicativos, si los consideramos fruto del progreso de una sociedad en continuo movimiento.
Me viene a la mente la máxima de McLuhan “el medio es el mensaje”, acuñada en plena Era de la Información bajo el paraguas del concepto de “aldea global”, término para describir las consecuencias socioculturales de la comunicación inmediata estimulada por los medios de comunicación (hasta entonces TV, radio, prensa, fotografía, cine y telefonía).
Pues bien, las cosas han cambiado. En la Era de Internet, “el medio es el lenguaje” y la aldea no es global, sino digital. La comunicación digital no cambia el mensaje, como lo hacen los media tradicionales, lo que se modifica es el lenguaje: las formas de expresión, las palabras, las estructuras léxicas y gramaticales, la simbología… Por lo tanto, la lengua no desaparece, sino que se crean nuevos códigos lingüísticos a su alrededor y se utilizan en ciertos canales, pero no en todos. Antes, la gente escribía como hablaba, esa era la base de la gramática; ahora, la gente habla de un modo y escribe de otro, pero bajo unas “reglas no escritas” en contextos delimitados que no trascienden más allá de su espacio etéreo. Primero fueron los mensajes de texto, luego la configuración del correo en los móviles. Tras ellos llegaron las redes sociales, las Apps de mensajería instantánea gratuita y, con ellas, la brevedad del mensaje.
Cierto es que en nuestra vida diaria ya no nos fijamos tanto en cómo escribimos lo que escribimos. Utilizamos abreviaturas; no respetamos los signos de puntuación, de exclamación ni de interrogación; no existen las mayúsculas; se pierden los acentos; y esta falta de atención provoca errores ortográficos que, a priori, en otro tipo de soportes no cometeríamos. No debería ser así, no. Pero lo es. El lenguaje común se pervierte, siempre. Es una cuestión de uso. Claro que no de abuso. Seamos conscientes del riesgo del olvido de la buena escritura, pero no seamos tan puristas. No hablamos de literatura. Intrínseco en un nuevo canal de comunicación, están los nuevos soportes, las nuevas dinámicas de interacción, los nuevos hábitos de acción y, por lo tanto, los nuevos códigos lingüísticos y los lenguajes propios surgidos de la cotidianidad del uso. Hoy en día, un niño aprende antes a identificar el icono de un juego en una tableta que a hablar. Esa es la realidad. No es más que una cuestión empírica. La pregunta es: ¿Nos seguimos entendiendo? Este “mal uso” del lenguaje, que no de la lengua ¿perjudica al significado? ¿Somos capaces de adecuar nuestra lengua al formato, al contexto y al espacio igual que lo adecuamos al receptor?
Si al escribir uno no es capaz de diferenciar entre canales, soportes y medios, no es culpa de los nuevos lenguajes que se derivan de Internet. Es fruto de la ignorancia, de la mala educación, de la no conciencia del entorno y del contexto y de la dejadez intelectual.
Por Alexia Dominguez