Releyendo la novela 1984 me encuentro con el concepto de neolengua y con el lenguaje como herramienta de represión. En el libro de George Orwell crean una nueva lengua que elimina todos aquellos términos que puedan dar pie a pensamientos peligrosos para el régimen dictatorial. Suprimir ciertas palabras acaba con el concepto al que dan significado y, por lo tanto, con la amenaza de pensar libremente. El control del lenguaje se convierte en el control de la mente de la sociedad.
Esta lectura coincide con el anuncio de la reedición del Diccionario de la Real Academia Española y la incorporación de un conjunto de neologismos por parte de Termcat, el centro de terminología de la lengua catalana. Según la teoría expresada por Orwell, ambas entidades harían oficial la extensión de la posibilidad de las personas de pensar. Abrirían las fronteras que la lengua pone al pensamiento.
Encontrarme al mismo tiempo con la teoría del escritor inglés y la incorporación de nuevos vocablos a los idiomas que más uso me hacen pensar en la necesidad que tiene la lengua de crecer, una necesidad exponencial y sin fin, que no se acaba. Y me pregunto cuál sería la mejor manera de adaptar los términos que surgen cada día. ¿Tienen que adaptarse de la lengua originaria fonéticamente? ¿Tenemos que crear nuevas palabras fieles a la lengua propia pero no a la de origen obviando su uso social? ¿Tenemos que acogerlas en nuestros diccionarios de la misma manera que se escriben en sus lenguas originarias?
Ambas entidades hablan de los nuevos usos y costumbres sociales como hechos determinantes para la inclusión de nuevas terminologías. Pero el crecimiento social de vocablos es más rápido y constante que la respuesta de los entes filológicos a este incremento.
Volviendo a 1984, la sociedad necesita unas reglas de uso para la lengua, pero la carrera que corre la sociedad no es el maratón que corren las entidades filológicas. Esto me lleva a pensar que por mucho que se intentara reprimir a través de la lengua, el uso social de la misma la haría imparable. Extraoficialmente, las fronteras al pensamiento son imposibles.

Mireia Rebollo